Descripción
Dicen que los grandes viajes te cambian; a mí, la selva amazónica me desmanteló. Pasé más de siete años pedaleando el mundo, pero mi verdadero bautismo de fuego llegó cuando apenas llevaba un año y meses lejos de casa.
Todo se torció en una carretera sin nombre en Ecuador.Un accidente me separó de mis compañeros de ruta y me vi arrastrado por la inmensidad del río Napo. Terminé abandonado en una orilla, perdido en un laberinto verde sin caminos, arrastrando una bicicleta inútil y con la certeza absoluta de que iba a morir ahí, solo y en el fango.
Pero la selva tiene un sentido del humor retorcido. Me rescataron los Kichwas, una comunidad milenaria que me desnudó de mi arrogancia de viajero. Me sentaron a su mesa y me enseñaron que a veces, para dejar de estar perdido, primero tienes que perderlo absolutamente todo.
